jueves, 28 de octubre de 2010

Quién era néstor kirchner Un apasionado de la política que siempre quiso cambiar al país


El joven universitario que se ganó el apodo “Lupín” por su parecido físico con el aviador de las historietas, fue un empecinado constructor de su propio ingreso en la historia. Su estilo mezclaba incorrección con pasión militante.
  Él la escuchó con esa media sonrisa que portaba cuando estaba contento y no le tocaba ser el centro de la escena. Sentado detrás de ella, a pocos metros, sobre el escenario del Luna Park que multiplicaba la imagen de El Eternauta con su rostro también sonriente, Néstor Kirchner escuchó la frase de su esposa. Era un mensaje a los jóvenes. “La televisión dura dos minutos, la foto del diario de hoy ya es vieja. Lo importante es entrar en la historia. Vos elegís donde querés estar”, fue la recomendación que hizo Cristina Fernández en aquel acto unificado de la juventud. Ni Cristina ni Kirchner podían imaginarse que ese consejo dirigido a las nuevas generaciones se convertiría, poco después, en una fiel descripción de la biografía política y personal del ex presidente. Ayer, a los 60 años, tras sufrir un infarto en El Calafate, Kirchner murió al lado de su compañera de toda la vida. Ya había entrado en la historia mucho antes.
Nació en Río Gallegos, una ciudad fea pero que él amaba como ninguno, el 25 de febrero de 1950. Sus padres –Néstor, funcionario del Correo con ascendencia suiza y alemana, y María Ostoic, chilena descendiente de croatas, muy religiosa–, lo educaron en esa cultura emprendedora de los pioneros que se le animaban a la soledad y al viento. Quizá fuera herencia de esa cultura del sacrificio, una austeridad que lo ayudó a enfrentar el confinamiento en el sur, pero mucho de eso se le notaba en el carácter. Kirchner no se preocupaba por lo que consideraba superfluo. El protocolo, vestirse a la moda, las formas melosas de la diplomacia nunca fueron lo suyo.
De aquella infancia en Río Gallegos solía recordar los juegos con su hermana Alicia, tres años mayor, quien luego sería su ministra de Desarrollo Social. Eran muy compinches. En invierno el pasatiempo preferido era para patinar sobre hielo. Kirchner hizo la primaria y la secundaria en escuelas públicas. Egresó como bachiller del Colegio Nacional República de Guatemala y eligió la carrera de Derecho. Entonces se instaló en La Plata, en tiempos de efervescencia política, para hacer sus estudios en la Universidad Nacional. Kirchner era un flaco alto y desgarbado que usaba anteojos de marco grueso. Se parecía a Lupín, el aviador de las historietas. No tardó en convertirse en el sobrenombre que lo acompañaría buena parte de su vida, un apodo que adoptaría hasta su mujer, una militante de la Juventud Peronista, como él.
  “Hola. Soy la compañera de Lupín. En casa tenemos lugar para ustedes”, fue la presentación que escuchó Gladys D’Alessandro en el año 1975. La oferta la hizo Cristina Fernández, estudiante de abogacía. Se había casado con Kirchner el 9 de mayo de ese año. Venía a ofrecerle alojamiento a Gladys y su marido, Carlos Labolita, dirigente del gremio docente con un paso por Montoneros. Labolita era el segundo del socialista Alfredo Bravo. Ambas parejas convivieron en una casa de City Bell hasta la noche del 23 de marzo de 1976. Su desaparición, como la muerte de su amigo Oscar “Cacho” Vázquez años después,  fueron los dolores más fuertes en la vida del ex presidente. Vázquez había militado en la JP de los ’70 y, con el retorno de la democracia, había fundado el Ateneo Juan Domingo Perón, del PJ de Santa Cruz.  De esa agrupación, que también habían fundado Kirchner y el ex gobernador Jorge Cepernic, surgiría el proyecto político que llevó a Lupín a la intendencia de Río Gallegos. Y desde allí, a la gobernación de la provincia que ganó en 1991 y donde fue dos veces reelecto: en 1995 y 1999. Antes de su primera elección –en 1987, cuando ganó por apenas cien votos–, Kirchner ya era un personaje conocido en su ciudad natal. Por la mañana se encontraba con amigos para compartir un café en el bar del Hotel Santa Cruz. Con los años impondría la cábala de usar siempre la misma mesa.
En la provincia sabían de su pasado militante. Del mes que estuvo detenido en una comisaría de Río Gallegos, enero de 1976, últimos meses de Isabelita. De las dos noches que pasó en prisión en 1977. También conocían su invencible fanatismo por Racing, una pasión por la que se permitía desplantes, puteadas y gastadas memorables. Como aquella vez en que Fernando “Chino” Navarro le dijo que podía seguir esperando que lo atendiera en la Casa de la Provincia de Santa Cruz. “Cómo no voy a poder esperar, si vos esperaste 35 años para volver a ver campeón a Racing”, le espetó Navarro tras soportar una larga demora. ¿Cuál fue la réplica de Kirchner? Irse y prolongar la espera.
  Kirchner había dejado de fumar. Decía que iba a volver a hacerlo a los 70, cuando se retirara de todo. Le gustaba el whisky, compartirlo con amigos. Era un lector obsesivo de los diarios. Solía llamar personalmente a redactores para despertarlos a primera hora con un comentario entre malevo y gracioso cuando algo no le gustaba. Su mandato presidencial trajo como novedad la desfachatez y la irreverencia. Desde revolear el bastón de mando como el director de una comparsa, hasta firmar un decreto clave con una simple birome Bic. O pedirle a Hugo Chávez que prolongara in aeternum su discurso en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata: “Cuando yo te diga, comenzás a hablar vos, a hablar y a hablar, hasta desgastarlos”, había sido la instrucción.
  Su miopía lo obligaba a acercarse a la gente para poder reconocerla. Su pasión por la política, pero sobre todo su vocación nada culposa por construir poder, lo llevaron de ser definido como el “Chirolita de Duhalde” a ser considerado el emblema de un proyecto hegemónico que buscaba eternizarse en el poder. Sólo él sabía hasta dónde quería llegar, incluso cuando los demás lo ponían en duda. “Néstor, vos no sabés lo que es la provincia de Buenos Aires, el aparato, la Bonaerense, no te van a dejar gobernar, vas a ser prisionero de Duhalde”, le había advertido Navarro antes de aceptar el acuerdo con Duhalde. “Chino, si yo gano por un voto y tengo la lapicera, a mí no me condiciona nadie y cambio este país”, fue su profecía. El país que lo despide es otro.

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